Dolor
y dinero (Pain & Gain, 2013, Michael
Bay): Dolor y dinero es
un auténtico jarro de agua fría en la cara de la más apolillada crítica
cinematográfica. En el mejor y más refrescante sentido de la palabra. Michael
Bay, uno de los cineastas más forrados de Hollywood, es el centro de los odios
y las burlas de una crítica para la cual los pelotazos taquilleros que los
estudios le encargan orquestar son una de las principales causas de la
decadencia de Occidente. El cine de Michael Bay siempre ha dado lo que ha
prometido (aunque con frecuencia sea poco, o sea malo), pero nunca ha sido
suficiente para esos críticos despistadísimos que buscan en cada blockbuster del verano un nuevo Ulises.
Lo cierto es que la
mayoría de las películas de Michael Bay poseen fecha de caducidad; más
entretenidas y mejor realizadas de lo que muchos osarían afirmar (aquí
podríamos citar La isla [The Island, 2004]), en el futuro podrán ser
pasto de estudios socioculturales, pero según pasen los años el sentido del
espectáculo que tan bien representan cambiará, sus efectos especiales serán
demasiado antiguos como para que las
televisiones los sigan emitiendo, y acabarán por desaparecer irremediablemente de
la memoria popular como lágrimas en la lluvia. Pero Michael Bay, hacedor de
éxitos de la pirotecnia como La Roca (The Rock, 1996), Pearl Harbor (ídem,
2001) o la por el momento solo tetralogía (¡temblad!) de Transformers (2007, 2009, 2011 & 2014), lo ha logrado. Ya había
conseguido que su Armaggedon (ídem, 1998) tuviese una “edición crítica” en la prestigiosa Criterion
Collection, lo que no es moco de pavo. También había producido cintas de buen
gusto como The Purge: La noche de las bestias (The Purge, 2013, James
DeMonaco). Pero ahora ha logrado NO hacer (o “no hacer SOLO”) un taquillazo. Sin
robots (a cambio está Dwayne “The Rock” Johnson, quien además se lleva el
papel más carismático de la función). Ha hecho una película con un cuarto
de su presupuesto habitual, que ronda los 100 millones de machacantes. Ha hecho
una película que desprestigia a los que lo desprestigian. Ha hecho una película
superlativa, una película genial.

Dolor
y dinero representa una cura de humildad demasiado grande
para muchos orgullos. Hay reticencias que parecen insalvables: se deben, entre
razones, a una incredulidad que roza el determinismo empirista, y/o por contra
a un fanatismo ciego de las políticas autorales y de qualité (“si todas las películas de Michael Bay son vacuas, Dolor y dinero también lo es”, dijo el filósofo). Sinceramente, en
esta ocasión no deberían importarnos los antecedentes penales de Michael Bay,
ni si es un talento desperdiciado o no lo es, ni si su película llegará a ser
aceptada en sociedad: creemos que a él tampoco. Dolor y dinero nos devuelve
la sana costumbre de abandonar las filmografías y dejarnos sorprender; y como mínimo,
es una película lo suficientemente interesante como para desconfiar de ciertos
silencios desdeñosos. La película de Bay no ganará ningún Oscar (es demasiado
buena para ello); está condenada a la soledad del multicine y no se queja. Pero
a nuestro parecer, es uno de los filmes más especiales de los últimos tiempos, una
cinta vitriólica y apasionante. Palabras mayores.

Por cierto, Dolor y dinero es la segunda obra
norteamericana de importancia en lo que llevamos de siglo que tiene como
protagonista al mundo del músculo. La otra (de cualidades antitéticas) es
“Disciplina” una de los más memorables componentes de un libro de relatos
inolvidable, Knockemstiff de Donald
Ray Pollock (2011, Libros del Silencio, traducción de Javier Calvo). Pero si el
relato de Pollock se trata de una obra maestra en miniatura, una elegía desde
el fango, Dolor y dinero es un
esperpento. Para los personajes de Pollock, el culturismo es el símbolo de su
fracaso y su desgracia, pero también la sola grieta para una redención posible.
Mientras en Dolor y dinero el fitness es el resumen de su
estupidez, y el huevo de la serpiente.
Con la base de un caso real (el secuestro por parte de una pandilla de gimnasio
de un rico empresario de Florida con objeto de apropiarse de toda su fortuna,
con los acontecimientos y desgracias ulteriores), Michael Bay monta una crónica
negra desmesurada que es en realidad un carnaval, al modo del insuperable y
alucinado Oliver Stone de Asesinos natos
(Natural Born Killers, 1994):
culturistas criminales, cocainómanos iluminados, notarios corruptos,
empresarios maníacos, gurús mediáticos, subnormales megalómanos, bailarinas de
striptease de Bucarest, magnates de las líneas eróticas, sacerdotes con
intenciones equívocas, desfalco, drogas, paraísos fiscales, disfraces ridículos,
muchos bikinis, coches de lujo (con matrícula de “Miami BITCH”), asesinato, esteroides,
esterilidad, batidos de leche materna, miembros cortados, culpa,
remordimientos, estupidez, muertos y otros que no se terminan de morir, garajes
llenos de juguetes sexuales y cadáveres, cal y manos quemándose en una
barbacoa, e incluso un arquetípico detective con sombrero, desfilan en un más difícil
todavía por el abultado paisaje noir de
esta epopeya de la vigorexia.
Me llamo
Daniel Lugo, y creo en el fitness,
confiesa al inicio el personaje de un genial Mark Wahlberg perverso y atocinado,
el “genio” estúpido que idea el secuestro del malencarado Victor Kershaw (Tony
Shalhoub). Para el entrenador personal Daniel Lugo, que lleva aumentando los
músculos toda su vida, América es para los fuertes, pero su grasa corporal bajo
cero aún no ha recibido su parte del pastel, que está en el plato de arrogantes
como Kershaw. El fitness como escalada
por la fuerza hasta lo alto del podio de la vida, como forma de vida y encarnación
del sueño americano. Y a Scarface de héroe nacional. La película nos cuenta la
actuación de esta filosofía más allá de las puertas del gimnasio. Podríamos
hallar paralelismos con Spring Breakers
(2012, Harmony Korine), y no serían ociosos, aunque seguramente irían
encaminados a hablar de una especie de Nueva Ola de Cine Hortera, lo que de
entrada sería obviar la indudable personalidad propia de la película de Bay.
Pero lo más importante: ¿de verdad tenemos que hablar, una y otra vez, de la
diferencia entre lo que se representa y el cómo se representa? Los colores del
lumpen son más chillones que nunca, lo que parece dificultar la distinción a
muchas retinas deslumbradas…

Desde luego, la crónica
de culturistas criminales de Michael Bay es un proyecto irrefutablemente
personal: la lectura de los artículos de Pete Collins sobre el suceso en el Miami New Times sugirió a Bay la idea
para la película hace ya casi veinte años: no estamos ante una mera “puesta en
imágenes”, de relumbrón pero mecánica. Es verdad, la filmografía de Bay es
pródiga en tics coyunturales/ de
moda: cámaras luctuosamente lentas, travellings
zozobrantes, imágenes congeladas, montaje espasmódico (y todo ello retocado
digitalmente) en lo formal; acción y destrucción en lo temático. Algo que ha
llevado a la leyenda negra a ver a Michael Bay como un conjurador descerebrado
de todos los vicios, filias y fobias del “audiovisual” de nuestra época. Pero
según la profesora Jeanine Basinger, de quien Bay fue alumno predilecto, el
director es también alguien que desde sus primeros trabajos (en este caso,
fotográficos) reveló poseer “un ojo compositivo increíble, con instinto a la
hora de capturar el movimiento” y un “conocimiento natural” de los mecanismos
narrativos. Y, al menos en Dolor y dinero,
esto sale a relucir, pues su película entra por los ojos al ritmo de una
partitura imparable.

Aunque este logro no es solo suyo. El Michel Bay de Transformers no es, como tanto se ha
dicho, un cineasta barroco, sino rococó (esto es, lujoso, festivo, afectado,
superficial y vagamente sensualista). El barroco necesita de un trasfondo de
significado al que la forma retuerce, da volumen y apostilla, y a la postre completa,
amplifica y realiza plenamente. Es gracias al soberbio guión de Christopher
Markus y Stephen McFeely que Michael Bay puede ser, por fin, un barroco. Nada
hacía tampoco presagiar la bilis satírica que los escritores de Capitán América (Captain America: The first avenger, 2011, Joe Johnston) demuestran
en este guión de estructura polifónica (en el cual la voz de personajes circunstanciales como el detective Ed
DuBois III [Ed Harris] y la stripper Sorina
(Bar Paly) también está incluida) y complejo andamiaje. Quizá era esta la
chispa que la dirección de Bay necesitaba para mostrar virtuosismo: esta es
como una inyección de esteroides, pues todo resulta magnificado en Dolor y dinero, desde la fotografía
explosiva de Ben Seresin a cada ángulo de cámara, gesto y réplica de diálogo, a veces hasta un punto
sorpresivo. Parece que lo que vemos pasa por el filtro de la mente de alguien
como Daniel Lugo, aunque la narración, polifónica como hemos apuntado, con un
dominio absoluto del distanciamiento irónico, va más allá. Escritores y
director han conseguido otorgar a su película de un tono peculiar: aunque
parezca mentira, todavía dudamos al terminarla de que se trate una comedia. En
ese sentido, el letrero momentos antes de la conclusión que nos asegura que ESTO SIGUE SIENDO UNA HISTORIA VERÍDICA
resulta revelador: lejos del chiste gratuito, el letrero es un recordatorio que
nos obliga a replantearnos el sentido de prácticamente todo lo que hemos visto
anteriormente con estupefacción fascinada. Incluso se tiene la suficiente sangre fría para ampliar los ecos de la
obra y hacer del final de Daniel Lugo ambigua elegía: la farsa, como en tantas
ocasiones, encubre la tragedia, y Dolor y
dinero no deja de ser, también, una de ambición, venganza, y caída.
Bay, Markus y McFeely han hecho epopeya de lo
grotesco, lo tremebundo y lo estúpido, sátira de largo aliento de una crónica
negra, y de todo ello un carnaval barroco y desaforado sobre la banalidad (o el
Mal), una parada de los frikis cuya
agudeza a la hora de diseccionar nuestro distorsionado presente resulta
demoledora. La admonición del detective Ed DuBois al fin de la película a refugiarse
en las cosas sencillas de la vida se nos antoja de un estoicismo deseable pero
imposible ante tanta barbaridad.
En conclusión, si su
filmografía se acabase ahora mismo, quizás Michael Bay aparecería en los
manuales del futuro como un artesano cuya obra aglutina todos los vicios, tics, filias y fobias típicos de su época,
y como el autor de una película
portentosa. Solo quizás: todavía no se ha acabado. ¡¡Temblad!!