La
tercera edición del festival internacional de cine fantástico de Madrid Nocturna
ha finalizado a la par que el mes de mayo tras una semana de éxito rotundo. El
festival nos parece ya más que consolidado, constituido en una cita ineludible
para el aficionado al género, no solo de la capital (aunque este bien que lo
necesitaba). Sin duda, buena parte de su éxito estriba en la sede elegida, los
cines Palafox. Cines comodísimos y céntricos, con pantallas de lujo: festivales
con más predicamento y mayor presupuesto no disponen del privilegio de un
escenario como ese. Es estupendo ver la zona de los cines de Chamberí, tan
depauperada en los últimos tiempos, y sobre todo unos cines con tanta historia
como los Palafox, animados con un festival como este. Esperemos de verdad que
alberguen muchos Nocturnas en los próximos años.

El
festival ha sido organizado por Luis Miguel Rosales y su equipo de forma
irreprochable. Se ha dicho que al lado de otros estamos ante un evento de tono menor, pero la verdad es que no
hemos percibido esto en absoluto. El festival se ha expandido, ofreciendo un
sinnúmero de películas y actos para todos los gustos: ha faltado tiempo,
¡ay!, para asistir a todo lo que nos
hubiera gustado, y a la vez se nos ha
hecho corto. Como en los años anteriores, los invitados han sido relevantes y
han emergido las joyas. Se nota que es un festival hecho con cariño contagioso,
y los aficionados se han volcado. El género fantaterrorífico
sigue siendo el más despreciado de todos; a su vez, es el que aficionados
más entregados posee. Como desde aquí no nos cansaremos de defender, el
fantástico es sinónimo de libertad: libertad para abordar las cuestiones más
profundas de la vida humana, las más oscuras y en teoría inabordables, las más espinosas. Y
para hacerlo con una mirada limpia, libre de prejuicios y/o
pedanterías. Nocturna ha conseguido trasmitir sin subterfugios esta pasión por
el cine de terror que tantos compartimos.
1. It follows.
El
preestreno del éxito de David Robert Michell supuso el lleno y aplauso del
público que se auguraba. Y no es para menos: la película de Robert Mitchell es,
por una vez, el clásico instantáneo que se nos estaba vendiendo. Olvídense del
irritante terror indie que tanto
abunda por ahí, y al que una producción como esta puede recordar a primera vista: It follows es un prodigio de poesía y
terror. Cuestiones siempre subyacentes en el cine de terror adolescente (la
conjunción de sexo y muerte, el fin de la juventud como apocalipsis[1] y anunciación del fin último) se convierten aquí en el quid de la
cuestión mediante metáforas deslumbrantes. No hay zombies ni fantasmas
propiamente dichos, sino un monstruo omnipotente e inaprehensible, de mil rostros, una Parca de
tragedia cósmica. It follows consigue
en sus mejores momentos alcanzar la esencia de las pesadillas, de su
inseguridad constante y sus finales ineluctables; a la vez, es una película de
enorme melancolía, impregnada de esa poética tan estadounidense del barrio residencial
y del vino del estío, y que aquí da resultados de la mejor ley.
2. Headless.
Headless fue
en nuestra humilde pero firme opinión la mejor película no
solo de la sección Madness, sino
de toda la competición del festival de
este año. Lo decimos con cautela a sabiendas de que no es una película para
todos los paladares, porque Headless es,
de verdad, atroz, desesperanzada y de visionado perturbador. Y si
no vean: la película fue presentada en sesión golfa (no podía ser de otro
modo), lo que en teoría implica a un público curtido en espantos; pues bien, durante
la proyección hubo deserciones. La explicación se halla probablemente en el
hecho de que un público que esperaba un gore
inofensivo y un poco idiota se encontró con un filme terriblemente serio.
Nosotros
definiríamos a Headless como la
versión de La noche de Halloween que
Rob Zombie no pudo o no se atrevió a realizar. La película, desarrollo en spin-off de la cinta de vídeo imaginaria
que aparece en la película Found (véase
más abajo), intenta aparecer como un recobrado “slasher perdido de 1978”, y desde luego lo consigue, pero
sobrepasando cualquier tipo de homenaje: las imágenes de Headless poseen una textura sucia y feísta inolvidable, como de película desenterrada de
un zulo a pocos metros del Averno. Las atrocidades se enseñan desde los mismos
títulos de crédito de forma implacable e ininterrumpida; pocas películas han
mostrado así la angustiosa y torturante existencia del psycho-killer, caracterizada por la repetición, como un viaje
eterno alrededor del Séptimo Círculo: lo resume todo la inolvidable escena del
llanto del asesino (Shane Beasley) en un paisaje de cadáveres, por cierto inspirado en una escena del Anticristo de Von Trier (desde luego, Headless supera tanto en sus imágenes de
pesadilla como en todo lo demás a esa mediocre película). Parece imposible, pero
incluso dentro de la desolación el director consigue algunos momentos
increíbles de pura poesía macabra; véase la escena que ha inspirado el
(magnífico) póster que arriba reproducimos. ¿Quién es ese niño calavera del
póster? Acompaña al asesino en todos sus actos, le obliga a cometerlos, y le
encierra hasta nueva orden tras ellos. ¿Pero es solo la proyección de la mente
torturada del asesino, una alucinación? El niño calavera, su personificación
del Mal, es quizá lo más aterrador de la película, y el centro de su misterio.
Él preside la cena fúnebre (reminiscencias de La matanza de Texas) en una conclusión que es difícil olvidar, un
Triunfo de la Muerte de un poderío
equiparable al “Gusano vencedor” de Poe.
Aparte
de todo, Headless demuestra que el psicópata,
figura clave del cine de terror finisecular, sigue siendo uno de los monstruos
más recurrentes y fascinadores del Séptimo Arte. La película está dirigida de
forma apabullante (destaquemos su pasmoso uso de la iluminación) por Arthur Cullipher, técnico de efectos
especiales de esa obra maestra llamada Found,
asimismo la mejor película exhibida en el Nocturna de 2014. Guardamos
muchísimas esperanzas en Cullipher y Scott Shrimer, director-guionista de esta
y productor de aquella, un equipo al que no hay que perder la pista y que puede
seguir dando obras extraordinarias en el cine de terror. Desde luego, tanto Found como Headless son dos de las indiscutibles grandes películas del
subgénero de los psicópatas cinematográficos.
3. Nocturna Classics.
No
ha descuidado el Nocturna de este año una de sus mejores iniciativas, la
amparada con el membrete de “Nocturna Classics”: el reestreno en pantalla
grande de grandes clásicos del terror, además ocasión para el homenaje a
actores y directores que cada año visitan el festival. Nuestra sesión de N.C.
preferida de esta edición fue sin duda la afortunada proyección de La
noche de Walpurgis (1970,
León Klimowsky), a la cual asistió su veterano productor, Juan Antonio Pérez Giner, que recibió un
emotivo aplauso (por cierto, tras ella se pasó el documental Queridos monstruos de los hermanos Prada,
homenaje a todo el terror setentero made
in Spain). Afortunada decimos porque cualquier ocasión es buena para
reivindicar un cine de terror patrio abandonado (¿o quizá desterrado?) en los
desvanes de la incuria. Y dentro del mismo, quién mejor para representarlo que
Paul Naschy, figura fascinante, reverenciada en todos lados menos, qué menos,
en su propio país. El cine fantástico español permanece de verdad por
descubrir. La noche de Walpurgis es
uno de los mejores Naschys, una película de ensoñadora fantasía, cuya mezcla de
mitos (licantropía vs. vampirismo) es memorable, más cercana a la leyenda que a
la historia de terror, y tan alejada del pastiche decadente de otros crossovers monstruosos del celuloide.
Los personajes poseen nombres y trazas propias del bolsilibro más cándido, pero
sobre todo esto se imponen la convicción de los intérpretes, la sabiduría
macabra de la dirección y la atmósfera mágica del paisaje de la sierra de
Navacerrada (y no nos olvidemos de la bella vampira que incorpora Barbara
Capell). Como decía el propio Naschy, sus películas de Waldemar Kadisky están
más cercanas (guardando las debidas
distancias, claro) a Bécquer que a la Hammer Films, de la cual tomaron
humildemente el testigo del terror europeo.
La
celebración del 30 aniversario de Demons con la presencia de su director fue uno de los eventos más
multitudinarios del festival. A decir verdad, a nosotros Demons nos parece un auténtico despropósito, un gore festivo e
inofensivo para echar unas risas, que sin embargo posee sorprendentes
repeticiones y bajones de ritmo que llegan a convertirla en una película
pesada. Demons es la decadencia de un
cine de género italiano que estaba a punto de escuchar su canto de cisne tras
décadas de esplendor. Pero precisamente por ello “el que tuvo retuvo”, y en la
película encontramos puntuales hallazgos, y sobre todo un comienzo muy
sugerente. En cualquier caso, se echan de menos sesiones de cine con películas como
Demons (y aún más todavía, películas
realizadas por gente apellidada Bava), La proyección fue divertida (hubo hasta
demasiados gritos), y Lamberto Bava, aunque habló lamentablemente poco, parece
un tipo encantador. Ah, y se repartieron unas estupendas entradas de homenaje,
como las del Metropol de la película.
¡Larga
vida a Cthulhu y al festial Nocturna!
[1] Recuérdese al
respecto la ironía del final de Detention,
de Joseph Kahn